Guía completa

Por qué falla un turbo

El turbo gira a velocidades altísimas apoyado en una película de aceite. Mientras esa película esté limpia y llegue con presión, puede durar muchísimo. Casi todas las averías que vemos tienen detrás una de estas causas:

  1. Aceite viejo o nivel bajo. Si se alargan los cambios más allá de lo que marca el fabricante, el aceite pierde propiedades y deja depósitos en los conductos que alimentan el turbo.
  2. Apagar el motor en caliente tras un esfuerzo. El turbo sigue muy caliente y, sin aceite circulando, el que queda dentro se carboniza.
  3. Suciedad en la geometría variable. En diésel con mucho tráfico lento, el hollín agarrota los álabes móviles y el turbo deja de regular bien la presión.
  4. Objetos o suciedad en la admisión. Un filtro de aire roto o mal colocado deja pasar partículas que golpean los álabes.
  5. Fugas que lo obligan a trabajar de más. Un manguito abierto o un intercooler perforado hacen que el turbo gire más para intentar alcanzar la presión pedida.

Si solo se cambia el turbo y no se corrige la causa, el nuevo puede acabar igual.

El perfil que más vemos en Móstoles

Mucha gente se desplaza a diario hacia Madrid y combina tramos de autovía con retenciones en hora punta. Es un uso exigente para un diésel con turbo: el motor trabaja a poca carga largo rato, acumula hollín y, al llegar a destino, se apaga con prisa. Las furgonetas de reparto que se mueven entre polígonos tienen un patrón parecido, con muchas paradas y arranques.

Al otro lado están los coches que hacen viajes largos regulares por la A-5. En esos casos el turbo suele sufrir menos, siempre que el aceite se cambie a tiempo.

Cómo lo diagnosticamos

Lo primero es confirmar que el turbo es el culpable. Muchas pérdidas de potencia vienen de un sensor de presión que lee mal, de un manguito suelto o de un intercooler con fuga. Hacemos una prueba de conducción con lectura de presiones y revisamos todo el circuito de admisión.

Si las sospechas apuntan al turbo, lo inspeccionamos: holgura del eje, estado de los álabes, aceite en la entrada y en la salida, y movimiento de la geometría variable. Con eso decidimos si tiene arreglo o hay que sustituirlo.

El montaje marca la diferencia

Cuando montamos un turbo, cambiamos aceite y filtro, revisamos los tubos de engrase y de retorno, limpiamos el intercooler y los manguitos si tienen aceite, y cebamos el turbo antes del primer arranque. Después hacemos una prueba de conducción controlada y comprobamos presiones.

Hábitos que alargan la vida del turbo

No hace falta nada complicado. Respeta los cambios de aceite que marca el fabricante y usa el aceite con la especificación que pide tu motor. Durante los primeros minutos con el motor frío, evita acelerar a fondo. Después de un tramo exigente, por ejemplo una subida cargado o un rato de autovía rápida, deja el motor unos segundos al ralentí antes de apagarlo. Y si el coche hace casi siempre recorridos cortos, de vez en cuando dale un trayecto largo a ritmo constante para que todo el sistema trabaje caliente. Al recogerlo te daremos además un par de consejos de uso para tu motor concreto. Para pedir cita, escríbenos desde contacto.